jueves, 3 de julio de 2008

Capítulo I: La llamada

La primera imagen que llegó a la mente de Lucía se remontaba a la semana anterior. Ella, una joven de casi treinta años, triunfadora en el trabajo pero no tanto en el amor, salía de su casa hacia el despacho de abogados en el que trabajaba desde hacía cinco años, Bermúdez y Asociados, gracias a la intermediación de cierta persona a la que ya no quería recordar, cuando el teléfono de su apartamento sonó insistentemente. No pudo llegar a tiempo para cogerlo antes de que el irritante contestador automático cumpliera con su función, de manera que no necesitó descolgar el auricular para escuchar el mensaje que una voz masculina, joven y cálida le dejaba en la máquina, con evidentes signos de fastidio.

- Soy Marcos, tu viejo compañero de instituto – dijo la voz –. ¿Cómo te va? Hacía tiempo que quería hablar contigo, y ahora he encontrado la mejor ocasión – Lucía no necesitó hacer el más mínimo esfuerzo para recordar el rostro de este hombre, al que conocía desde que ambos empezaron al instituto, con el que había mantenido una hermosa amistad, pero al que hacía ya un par de años que no veía; la voz prosiguió –. Como supongo que sabes, mi grupo está a punto de dar un concierto en el Palacio de los Deportes, que será nuestra despedida de los escenarios, y me gustaría que vinieras a vernos, porque no recuerdo que hayas venido a ninguna de nuestras actuaciones. Espero verte allí. Un beso. – dicho esto, el mensaje terminó.

Marcos se equivocaba. Ella los había visto en varias ocasiones, desde que hacía siete años él había iniciado su carrera como músico y cantante de rock duro. La primera había sido cuando habían actuado como teloneros de un grupo que a Marcos le encantaba, pero cuyo nombre Lucía no fue capaz de recordar. Él había aparecido en el escenario con una vieja camiseta negra en la que se veía la portada de un disco de Iron Maiden (o tal vez era de Metallica, Lucía no lo recordaba bien) y con su Fender Stratocaster color granate más reluciente que nunca para tocar, acompañado de sus tres amigos, sólo ocho canciones, de las cuales él había compuesto íntegramente cinco y había ayudado a componer las tres restantes.

La segunda vez que los vio había sido tres años más tarde, cuando ya la popularidad del grupo era mucha, en la fiesta del Partido Comunista en Madrid. Entonces ya tocaban como cabezas de cartel, y Marcos, dando a entender claramente que sus convicciones políticas no se alejaban lo más mínimo de las del partido que les había invitado, había salido a tocar con una camiseta roja en la que lucía una hoz y un martillo y con una bandera republicana colgando de una de las clavijas de su guitarra. Aquel concierto significó la consagración definitiva de la banda, no sólo entre el público rockero, sino también entre una masa de gente mucho más heterogénea.

Lucía todavía había tenido un par de oportunidades más de ver a Marcos y su grupo en conciertos cada vez más multitudinarios, pero esa etapa también coincidió con el momento en que habían empezado a distanciarse, debido a que las carreras de ambos les obligaban a hacer cada vez más sacrificios personales.

En esos años, la popularidad del grupo fue creciendo de manera incesante, tocando en varios festivales europeos y vendiendo una enorme cantidad de cada uno de sus cuatro discos; tan elevada era esa cantidad que Lucía suponía que si se retiraban tan pronto era porque ya tenían dinero suficiente como para vivir sin trabajar el resto de sus vidas. Ahora, después de tanto tiempo, él quería que ella estuviera en su último concierto, en el que debía ser su canto de cisne, y ella no sabía que hacer.

De hecho, mientras salía de casa, Lucía pensaba que, tal vez, lo más sensato sería llamarlo para decirle que, sintiéndolo mucho, ella no iba a poder ir al concierto, porque, aunque se iba a celebrar en viernes, al día siguiente ella debía terminar unos encargos que su jefe, Fernando Bermúdez, reputado abogado y, según decían las malas lenguas, bebedor en sus ratos libres, le había encomendado sin falta para el lunes siguiente. Decidida a hacer esa llamada por la noche y esperando que él no hubiera cambiado su número de teléfono en los dos últimos años y que sus costumbres no fueran las que se decía que tenían las estrellas del rock, ya que de lo contrario no sería tan fácil localizarlo de noche, Lucía llegó al bufete, dispuesta a cumplir con un trabajo que, en estos momentos, colmaba totalmente su vida, después de romper su relación con el hombre que le había presentado a Bermúdez, hombre que no sabía que ella conservaría su empleo después de que esa relación acabara gracias a su formidable preparación, su talento y sus ganas de triunfar. Pero sin darse cuenta, ese día no pudo evitar pensar de manera casi continua en el hombre que había dejado ese mensaje en su contestador, de manera que, a las doce de la mañana, ya sólo quería que la jornada terminara para poder devolverle la llamada, sin estar muy segura de qué era lo que al final iba a decirle.

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3 comentarios:

Pablo dijo...

Sé que dije que colgaría este capítulo mañana, pero no podía esperar para ver qué comentabais.
Espero que os guste.

Diana dijo...

Hola
Pabliño, claro que nos gusta, cómo lo dudabas?
Ahora a esperar, pero creo que deberías de ser más considerado con nosoto y poner al menos dos por semana.
Anda, no seas malo y ten compasión.
A la espera del nuevo capítulo te mando un beso.
Diana.

Pablo dijo...

No sé, no sé...
Tendré que pensarlo.
Un beso.