jueves, 3 de julio de 2008

Capítulo IX: La mañana siguiente

La luz de la mañana la despertó cuando hacía pocos minutos que habían dado las nueve. Se incorporó en la cama con una sensación extraña. Se dio cuenta de que la cama no estaba revuelta, y de que ella todavía llevaba la camiseta y el tanga. Nadie se había metido con ella en la cama mientras dormía ni había intentado hacerle nada. Eso era normal en su amigo, pero no en la mayoría de los hombres; de hecho, precisamente por eso, tampoco debería ser normal en él. A fin de cuentas, Marcos también era un hombre. Sin saber muy bien por qué, se levantó y sin ponerse nada (la calefacción por hilo radiante daba una agradable temperatura a la casa pese al frío del invierno), salió de la habitación.

El pasillo estaba iluminado por la luz que entraba por los amplios ventanales, y ella distinguió sin problemas las puertas del cuarto de baño, la sala donde estaban las guitarras y el despacho, aunque no sabía cuál era la estancia que estaba detrás de cada una. También veía la escalera para bajar al piso inferior.

Abrió la puerta que estaba más cerca de ella. Era la de la sala donde Marcos solía ensayar. Lucía entró. Se fijó en los detalles mejor de lo que lo había hecho unas pocas horas antes. Vio un pequeño escritorio en un rincón, seguramente donde escribía las canciones, varias sillas, un atril, dos o tres amplificadores de tamaños diferentes y, por supuesto, las guitarras. Se acercó a ellas.

En el soporte que las mantenía colgadas a la pared había tres huecos vacíos, y ella supuso que correspondían a las tres guitarras que Marcos había usado la noche anterior durante el concierto. Leyó los nombres que estaban escritos en las cabezas de los instrumentos, nombres resonantes pero que le decían muy poco: Fender, Gibson, Ibanez, Martin, Jackson, Kramer… Algunas tenían formas caprichosas, y Lucía se preguntó qué diferencia habría entre una guitarra con una forma normal y una guitarra de forma diferente.

La Fender que estaba allí, una Stratocaster granate, era, sin duda, la que él había usado en el primer concierto de Valkiria al que ella había asistido. Había un par de guitarras españolas, y en una de ellas, una Azahar modelo 110, Lucía creyó reconocer (no lo creyó, estaba segura de ello) la guitarra que él había utilizado la vez que le había hecho un “concierto privado” para ella.

La descolgó. Acarició con cuidado las cuerdas de nylon e incluso se permitió la libertad de hacer vibrar una de ellas. El sonido fue apenas perceptible. Volvió a dejar la guitarra en su lugar y siguió examinando la sala.

A la luz del día no parecía tan decepcionante como por la noche. En las paredes no sólo había pósters de grupos. También había fotos de Marcos con su grupo o con otros músicos. Fue mirando las fotos. Parecía que se situaban cronológicamente, las más viejas a la izquierda y las más recientes a la derecha. Se reconocía el paso de los años en el rostro de Marcos. Se veía en él una imagen más segura, pero también algo más cínica. Había pasado mucho tiempo para llegar del gesto humilde de los Valkiria de las primeras fotos al gesto seguro de sí mismo y algo arrogante de las más modernas. Sin embargo, en las fotos en las que estaba con otros músicos el rostro de Marcos no era arrogante, sino humilde, como el de un admirador más.

Algo llamó la atención de Lucía. Se trataba de la mochila que Marcos había dejado allí la noche anterior. Estaba en el suelo, junto al escritorio, pero ahora parecía vacía. Ella se acercó con curiosidad y comprobó que, efectivamente, estaba vacía, y se fijó en que, junto al escritorio había varios aparatos (afinadores, pedaleras, pedales,…) que no sabía para qué servían.

Salió de aquella sala y se metió en la de al lado. Era la biblioteca. Una figura dormía sentada en una silla y con la cabeza apoyada en la gran mesa. Marcos se había quedado dormido leyendo. Lucía se acercó sigilosamente a él. Desde luego, la imagen que presentaba no tenía nada que ver con la imagen dura y agresiva que había mostrado durante la actuación. Ahora, en esa posición, vulnerable, volvía a ser su amigo, el compañero de instituto de siempre. Su nuca quedaba al descubierto porque su cabello no la cubría del todo. Lucía sintió la necesidad de besar esa nuca y despertarlo como en un cuento de hadas. Pero se dio cuenta de que la escena no requería eso en realidad. Lo que verdaderamente requeriría si ella todavía estuviera dispuesta a cometer un error enorme era acariciar esos centímetros de piel desnuda para luego hundir sus dedos entre los rizos de su amigo. Pero no estaba dispuesta a equivocarse.

Se asomó un poco para ver lo que él leía cuando se durmió, y vio el título de un artículo sobre poblamiento altomedieval en un lugar del norte de España del que ella no había oído hablar jamás. El título decía que ese lugar estaba en Asturias, pero ella hubiera jurado que los apellidos del autor eran gallegos. Muy aburrido debía de ser cuando se había dormido con sólo empezarlo.

Lucía escuchaba la acompasada respiración de Marcos y decidió dejarlo dormir. Se acercó a una de las estanterías y leyó los títulos de los libros que se agolpaban en los anaqueles, combándolos con su peso. Libros de Arqueología, Historia, Geografía, Antropología, Arte…

Se acercó a otra de las estanterías. Allí estaba la literatura. Novelas, poemarios, obras de teatro... Un título llamó su atención. Era el de un libro que ella le había regalado muchos años atrás. Lo cogió para verlo, pero el libro se deslizó entre sus dedos cayendo al suelo con estrépito.

Ella se dio la vuelta y vio que Marcos se había despertado sobresaltado y la miraba sorprendido mientras se ponía de pie.

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2 comentarios:

Jabolka dijo...

Pero no decias que habia nueva entrega, la penultima??!!! Esta tiene fecha del 3 de julio...
Yo estoy intrigada, terminaaa yaaaaaaaaaaa :D

Pablo dijo...

La fecha se explica porque colgué los borradores de casi todos los capítulos el día tres de julio, así que casi todos (o todos, ahora no me acuerdo bien) los fragmentos de la historia tienen la misma fecha.
Y ya está a punto de acabar, calma, jeje.