jueves, 3 de julio de 2008

Capítulo VI: El concierto (parte II)

Pasaron unos minutos que a Lucía se le hicieron eternos. De pronto, mientras el humo inundaba el escenario, sonaron grabadas diez campanadas (ella miró su reloj y vio que, efectivamente, acababan de dar las diez de la noche), tras lo que sonó una intro de sintetizadores que indicaba que el espectáculo de verdad estaba a punto de empezar. La intro se alargaba, y se veía a dos figuras oscuras, armadas con una guitarra y un bajo aparecer una por cada lado del escenario. Una tercera figura se sentaba tras las cajas. El bajista comenzó a tocar algunas notas sincronizadas con el sintetizador, el batería acariciaba levemente los platillos y, de vez en cuando, un distorsionado rasgueo escapaba de la guitarra.

- ¿Pero dónde está Marcos? – pensaba Lucía.

“Yo” dijo una voz gutural salida de la nada. “Yo” repitió no una, sino varias veces, y la palabra se solapaba a los escasos rasgueos de la guitarra. El sintetizador calló y entonces, la batería redobló como si una ráfaga de ametralladora quisiera acabar con la vida de los allí presentes. Los otros dos instrumentos la acompañaban.

Se encendieron las luces y varias llamaradas de fuego real salieron del borde del escenario, y dos explosiones de fuegos artificiales fueron escupidas desde su parte más alta cuando la figura de Marcos apareció en una barandilla elevada, sin su guitarra, con el micrófono en la mano derecha para cantar aquel verso que el público conocía tan bien:

Yo soy el diablo, y he salido del infierno.

- ¿Para qué? – preguntó. Y orientó su micrófono hacia el público.

- Para enseñarte el camino de la libertad – le respondieron todos los presentes como si cantaran con una sola voz.

Lucía conocía muy bien la canción. Estaba en el primer disco del grupo, la había escrito el propio Marcos. Pero sonaba distinta. En el disco no empezaba con ese redoble de la batería, sino con una melodía escrita en una escala que en la Edad Media había estado prohibida porque era sacrílega. O al menos, eso le había contado Marcos. Precisamente porque conocía la canción, a ella le extrañaba que fuera la primera. Por lo que ella podía recordar, solían tocarla al final de los conciertos, justo antes de los bises. Además, no era habitual que Marcos saliera a cantar sin su guitarra. Pero bien pensado, tampoco era habitual que apareciera tres o cuatro metros por encima del resto del grupo.

- Jodido creído – dijo alguien cerca de ella.

Marcos cantaba con fuerza, alternando los gritos más agudos con graves voces guturales. Sus compañeros tocaban con rabia, pero aún así se notaba que disfrutaban con lo que hacían. Chema, vestido con una hortera chaqueta de cuero y unos pantalones del mismo material, hizo un solo magnífico, más largo de lo habitual. Marcos aprovechó para bajar al mismo nivel que sus compañeros. De repente, otra novedad en el tema: Ray empezó a tocar con el bajo una densa melodía mientras José tocaba su batería como si marcara el paso de un pelotón militar y Chema hacía unos rasgueos largos mientras pisaba el pedal de distorsión.

Marcos se quedó sólo en el centro del escenario mientras ellos hacían todo esto. Lucía se fijó en él. Llevaba unos vaqueros, una camiseta con el emblema de Cuentos Chinos (eso era buen rollo con los teloneros y lo demás, tonterías) y un chaleco vaquero. En su brazo izquierdo llevaba un gran brazalete de cuero con remaches de metal y en la muñeca derecha una pequeña muñequera de los mismos materiales. El cantante puso los brazos en cruz y en ese momento una estructura con forma de cruz comenzó a bajar hasta ponerse por detrás de él. La estructura se iluminó y durante un segundo Marcos sólo fue una sombra a contraluz. Entonces la estructura volvió a subir, se movió hasta darse la vuelta y quedar al revés y los músicos volvieron a la partitura de la canción tal y como Lucía la recordaba. Marcos volvió a cantar el último estribillo y caminó hacia el pie de micro que estaba al borde del escenario. Cuando terminó con el último verso, dejó escapar una sonora y macabra carcajada, que fue seguida de un solo de batería, que él aprovechó para dejar el micro en el pie y salir corriendo hacia la parte de atrás del escenario mientras la cruz satánica volvía a desaparecer en las alturas. Cuando el solo terminaba, él volvió con su Fender Stratocaster roja colgada. Tres golpes a los platillos y el Palacio se vino abajo.

Comenzaron a tocar un riff que hasta a Lucía le sonaba. Se trataba de la canción “Breaking the law”, de Judas Priest, un tema que tocaban en directo desde siempre, pero que, igual que en el caso de la canción anterior, solían tocar al final de los conciertos. De hecho, en sus primeros conciertos solía ser la última canción que tocaban. Ella se empezaba a divertir, esta música le traía recuerdos de cuando los iba a ver a garitos pequeños. Recordaba algunos versos y cantó aquello de “Then I was completely wasting, out of work and down”.

Si al principio parecía que la actitud divertida de su primera etapa se había perdido entre efectos especiales, ahora Lucía estaba segura de que los cuatro que estaban encima del escenario se estaban divirtiendo también. Ray y Chema sonreían mientras tocaban, y Marcos tocaba y cantaba con ganas. Sus figuras eran perfectamente visibles para todos los allí presentes a través de unas enormes pantallas de vídeo. Y a través de ellas, Lucía veía claramente cómo la serpiente tatuada en el brazo derecho de Marcos se movía mientras él tocaba, y parecía que reptaba intentando bajar por él.

Ella fue entonces consciente de lo cerca que estaba del escenario, porque vio una gota de sudor que resbalaba por la cara de Ray, que siempre había sido el que más había sudado en el escenario. También era el que tocaba con más agresividad.

La canción terminó, y entonces, Marcos tiró la púa de su guitarra al público. Sonreía.

- Tiene que decirlo – pensó Lucía – Tiene que decirlo.

Se refería al saludo con el que Marcos siempre se había dirigido al público en los conciertos, y que se había convertido en algo así como la “marca de la casa”. O al menos, en una de ellas.

- ¡¡Buenas noches, peña!! – gritó levantando el puño izquierdo, y Lucía vio que su amigo no la defraudaba – ¿Cómo estáis?

- ¡¡Bien!! – respondió el público.

- Esta noche – prosiguió Marcos – os tenemos preparadas unas cuantas sorpresas. Pero os lo merecéis, porque sois los mejores. Muchas gracias por estar ahí.

El público rugió y los músicos siguieron tocando.

Una a una fueron cayendo muchas canciones que Lucía recordaba y otras, más recientes, que no le sonaban tanto. Himnos para casi todos los que se habían congregado allí para verlos. Títulos como “Maldición”, “Mi mundo”, “Noche de lobos” o “Corazón de fuego”, le hacían recordar los primeros conciertos. Otras como “Guerra y paz”, “Deshonor” o “Beso de Judas” le eran más desconocidas. Cada canción iba seguida de llamaradas y algunas también de fuegos artificiales. La gente saltaba mientras la música sonaba, e incluso Lucía se olvidó en algunos momentos de su habitual seriedad para saltar también, sintiéndose como una adolescente en medio de una vorágine de pasión, fanatismo y locura. Ella observaba a Ray y Chema moverse por el escenario, subiendo por rampas y escaleras hacia plataformas elevadas que los hacían más visibles.

Al terminar algunas canciones, Ray, Chema o Marcos decidían cambiar de instrumento, así que además de la Fender Stratocaster de Marcos y la Gibson Les Paul de Chema, esa noche en el escenario hubo una Fender Telecaster, una Gibson X-Plorer, una Gibson Flying V y una Ibanez Prestige, con la que Marcos tocó solo en el escenario un tema que tal vez hubiera quedado mejor con una guitarra acústica. Ray cambió su bajo en una ocasión por otro que a Lucía le pareció igual que el Fender que había estado usando hasta ese momento.

Otra cosa en la que se fijó Lucía sucedió mientras tocaban “Deshonor”. En esta canción había una parte en la que Marcos y Chema hacían a la vez la misma melodía, pero esta vez a Lucía le pareció que sonaba distinta, incluso mal; parecía que una de las guitarras no sonaba como debería. Entonces, observó que Marcos, que estaba al borde del escenario, había cambiado su gesto por uno algo más serio. Marcos miró hacia Chema y, cuando acabó la canción se acercó a él con cara de pocos amigos para decirle algo al oído. Chema respondió con un comentario muy breve y Marcos volvió al lugar donde estaba su micro para presentar “Beso de Judas”.

Al terminar de tocarla, mientras Ray encendía un cigarrillo que se quedaría colgado de la comisura de sus labios durante la canción siguiente, Marcos dijo:

- Os prometimos que esta noche habría algunas sorpresas. Y aquí está la primera.

Entonces presentó al cantante de un grupo que a Lucía le sonaba vagamente, que salió para cantar con ellos. Se fundió en un abrazo con Marcos y comenzaron a cantar, un verso cada uno, “Días de dolor”. Fue el primero de los cuatro invitados que se subieron para cantar en cuatro de las muchas canciones que aún quedaban por sonar.

Mientras iban sonando las canciones, las primeras filas iban recibiendo una lluvia de púas (a Lucía le pareció de una chulería insoportable que Chema intentara jugar a la rana al lanzar una púa, intentando “encestar” en el escote de una chica de la primera fila que estaba cerca de ella), mientras al escenario iban cayendo prendas de ropa interior femenina. Cuando Ray, en plan de broma, colgó un sujetador de la cabeza de la guitarra de Marcos, éste dijo “Luego me lo probaré, seguro que me sienta de maravilla”. El público se rió estruendosamente.

La última estrella invitada que pasó por el escenario esa noche era una chica muy joven, cantante de un grupo que a Lucía no le sonaba de nada, y que tenía una voz hermosa y muy potente. Cuando terminó de cantar y se fue, no sin que fuera notorio el hecho de que Chema le miraba el culo mientras se iba, Marcos empezó a tocar una melodía que todos conocían.

Se trataba de la melodía de “Exterminio”, un instrumental que habían compuesto para que cada músico hiciera un solo. Primero Marcos tocaba la melodía que funcionaba a modo de “estribillo”, luego uno de sus compañeros hacía o improvisaba un solo, Marcos volvía a la melodía y así hasta que todos habían tocado algo. La improvisación la convertía en un tema de duración muy indefinida.

Cuando acabaron de tocar “Exterminio”, Marcos se despidió y se fueron del escenario. A Lucía ese rollo de los bises siempre le había parecido una tontería, eso de “ahora me voy, ahora vuelvo” no le gustaba nada. Así que disfrutó cuando volvieron a salir los cuatro músicos. Marcos se había puesto unas gafas oscuras.

Para ningún fan de la música de Valkiria hubiera sido difícil saber qué canciones iban a tocar. Estaba claro. Volvieron con “Traidores” y después tocaron “Injusticia”. Entonces, Marcos presentó a la banda.

- Esta noche, como todos sabéis, es muy especial, porque es nuestra despedida. Y para que podáis disfrutarla las veces que queráis, se está grabando para la posteridad. Pero quiero que no sólo recordéis lo bien que los pasasteis esta noche, quiero que también recordéis los nombres de los que estamos aquí arriba. En la batería, como diría un viejo amigo nuestro y vuestro, “haciendo ruido detrás”… ¡José!

El público aplaudió con ganas mientras José tocaba un breve solo para presentarse. Marcos volvió a hablar.

- Siempre a mi izquierda, con el bajo… ¡Ray!

Ray tocaba mientras le aplaudían.

- Sin duda el mejor guitarrista de este jodido país. Vaya, ahí está, a mi derecha… ¡Chema!

El público aplaudió a rabiar y Marcos volvió a decir algo.

- Pero el músico más importante de Valkiria no está aquí arriba. Está delante de nosotros. El quinto músico de Valkiria es nuestro público, sois vosotros. A vosotros os debemos lo que hemos conseguido y si estamos aquí es por vosotros. ¡¡Muchas gracias!! – y se fue a dejar su guitarra en la parte de atrás del escenario.

La gente se volvió loca, aplaudía, gritaba. Mientras, Chema se acercó a Marcos y le dijo algo al oído. Marcos acercó el micrófono a su boca y sonriendo dijo.

- Pero qué maleducado soy. No me presentaba. Yo soy Marcos. Yo soy el Bardo – Lucía recordó que Marcos llevaba años usando ese mote. Se escuchó nítidamente cómo Marcos tomaba aire antes de añadir –. Y me llaman… ¡¡Ángel Negro!!

Ahora sí que el público rugió con más ganas que nunca. “Ángel Negro” era la canción más conocida y más cañera de Valkiria, no podían haber elegido mejor tema para terminar el concierto. Su sacrílega reivindicación del Ángel Caído, en la que lo presentaban como un fiel servidor traicionado por un codicioso amo.

Marcos levantó su puño izquierdo, estirando los dedos índice y meñique al cielo, mientras sus compañeros iniciaban el crescendo con el que empezaba la canción, para luego empezar a cantar, con un público entregado haciendo los coros, esos versos por todos conocidos:

“Una vez, fui expulsado de mi patria

Mi señor no quiso compartir el poder.”

Lucía se la sabía, también estaba en el primer disco. Cantaba, saltaba, gritaba. Estaba fuera de sí, no se reconocía. Entonces se dio cuenta. Todo el concierto estaba estructurado como un círculo. Empezaron y terminaron con dos canciones del primer disco. Principio y fin, alfa y omega. No podía ser casual. Todo estaba medido al milímetro.

Mientras todo el público gritaba por vez primera ese estribillo (“Y me llaman Ángel Negro”), un enorme muñeco hinchable, con la forma de un ángel oscuro con las alas extendidas apareció no sobre el escenario, sino sobre la gente que miraba. El tema se desarrolló con los músicos destilando rabia y carisma. Chema se dispuso a hacer el solo mientras Marcos iba hacia atrás. Entonces, una plataforma hidráulica comenzó a elevar a Chema sobre el resto de los músicos para que se le viera mejor. Terminó el solo y, mientras la plataforma bajaba, Marcos terminaba de cantar la canción. Se acercó al borde del escenario y Lucía le miró a la cara. Vio cómo las gafas oscuras ocultaban sus ojos y se preguntó hacia dónde estaría mirando. Por un momento, deseó que de entre toda la gente del público, él hubiera decidido mirarla a ella.

El tema terminó, con Marcos soltando un estentóreo grito mientras apoyaba el pie izquierdo en el monitor, sus compañeros haciendo sus últimos alardes técnicos (Ray tocaba de rodillas y Chema frotaba las cuerdas para distorsionar el sonido de manera infernal mientras José hacía complejos redobles en las cajas de la batería) y las luces parpadeando de manera deslumbrante. Unas descargas de fuegos artificiales pusieron el broche de oro al concierto.

- Muchas gracias, hasta siempre.

Y desaparecieron del escenario, aunque antes tuvieron tiempo de dejar sus instrumentos atrás y acercarse al borde del escenario para hacer unas reverencias al público. Lucía se fijó en que José, que iba vestido con una camiseta de tirantes azul oscuro y unos vaqueros muy gastados, era mucho más alto que los demás. Además, también parecía mucho más fuerte, y de hecho, antes de irse se acercó a Marcos por detrás y lo levantó en volandas mientras ambos reían.

Lucía no había sentido una sensación así antes. No podía creer que un simple concierto (consultó su reloj: había durado más de dos horas y media), le hiciera sentir lo que sentía. Había sudado, estaba afónica, y a pesar de la hora (casi la una de la mañana), no tenía ganas de irse a casa. Era viernes. La noche acababa de empezar.

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2 comentarios:

Pablo dijo...

Ahora, a ver quién es capaz de reconocer las referencias a varios grupos que aparecen en este fragmento (reconozco que algunas son muy rebuscadas, pero quiero hacer que os rompáis un poco la cabeza, je,je).
La referencia a Judas Priest es evidente, y también hay una bastante clara a Los Suaves. También hay referencias a Tierra Santa, Saratoga, Sepultura, Iron Maiden, Bon Jovi y alguno más que se me olvida.
Cien heavy-puntos para quien las encuentre, je, je.

Jabolka dijo...

Puf, yo nada de nada... Ni un punto, jaja