jueves, 3 de julio de 2008

Capítulo V: El reencuentro

El día siguiente pasó lentamente y de manera muy aburrida. El trabajo en el bufete no era todo lo apasionante que a ella le gustaría, pero en ocasiones le daba alguna alegría a sus ganas de emoción. Desgraciadamente, este día no fue de los que le dieron alegrías. Si no fuera porque una compañera, Marta, poco más joven que ella, le recordó que pronto iba a ser el cumpleaños de otra compañera, Beatriz, la más veterana del equipo de Bermúdez y asociados, de la que, además, se decía que había sido amante del jefe, Lucía no tendría ningún motivo para recordar que ese día fue a trabajar.

A las seis de la tarde salió del trabajo y, gracias a que el metro llegaba hasta la puerta de su oficina y la dejaba cerca de su apartamento, a las seis y veinticinco estaba en casa. Rápidamente, se dio una ducha y se cambió de ropa. Una falda larga y negra, una blusa blanca y un abrigo negro fueron su atuendo para esa tarde de reencuentro. Salió de su apartamento y se dirigió caminando a la cafetería en la que habían quedado. No estaba lejos de su casa. Cuando salió, una fuerte ráfaga de aire frío la abofeteó, desordenando los cabellos que tanto le había costado peinar.

A ella le llamaba la atención el hecho de que Marcos hubiera querido quedar en la cafetería, cuando antes solían quedar en una placita cercana para después ir paseando hasta el local. Cuando llegó se sentó a una mesa desde la que se veía la puerta; enseguida, un camarero llegó, solícito, para preguntar que iba a tomar con unos modales exquisitos. Ella pidió un té americano, con mucha canela. Mientras esperaba a que le sirvieran miró su reloj, un discreto Viceroy con correa de color marrón. Llegaba cinco minutos más tarde de las siete, y recordó que a él le exasperaba su impuntualidad, por eso no dejaba de resultar llamativo que él no hubiera llegado aún. El camarero volvió con lo que había pedido y ella empezó a mirar distraídamente a través del cristal del establecimiento.

Una motocicleta Suzuki de 250 centímetros cúbicos llamó su atención. Acababa de pararse en esa misma calle, y sobre ella iba un hombre vestido con pantalones vaqueros, botas negras y una cazadora de cuero negra; en el casco había una figura que ella no alcanzaba a reconocer. El hombre se quitó el casco antes de bajarse de la moto parada. Ella no pudo reprimir un estremecimiento cuando vio que de debajo del casco quedaban libres los rebeldes rizos castaños de Marcos. Se bajó de la moto y entró en la cafetería, ajeno a la expectación que provocaba que una estrella del rock entrara en el lugar. Miró a su alrededor y, cuando vio a Lucía, sonrió, la saludó con la mano y se acercó a ella.

Caminaba con seguridad, sin reparar en el ruido que sus botas provocaban sobre las baldosas del suelo. Ella no supo expresarlo con claridad, pero había algo en él que no era como antes. Caminaba con la cabeza alta y su mirada, algo fría, denotaba unas enormes ganas de comerse el mundo. Antes de sentarse, se acercó a Lucía y le dio dos besos mientras decía un “¿Qué pasa, colega?” que sonaba algo tópico. Después, dejó el casco en una de las sillas y entonces ella observó que la figura que tenía dibujada era una pirámide azteca (o tal vez era maya, a ella le parecían iguales). Él se quitó la cazadora, debajo de la que llevaba una camisa de pana granate, con el último botón desabrochado enseñando, a pesar del frío del invierno, los pelos de su pecho. Se sentó y se arremangó las mangas de la camisa. Entonces, ella clavó sus hermosos ojos verdes en los fuertes brazos de él, ahora desnudos, en busca de los picotazos que denotaran que había perdido su antigua sensatez para abandonarse en los brazos de una de esas adicciones tan habituales entre las estrellas del Rock, y lo único que vio fue la serpiente tatuada en su antebrazo derecho y la desconcertante presencia de un elegante reloj de pulsera en su muñeca izquierda, justo en el lugar donde, durante los conciertos, solía llevar una muñequera de piel negra con remaches de metal que demostraba claramente su actitud de músico de Heavy Metal. Se sintió aliviada, porque le preocupaba que su viejo amigo pudiera tomar heroína o cualquier otra droga.

- Veo que está bien – dijo ella –. Me alegro de que los años te traten bien.

- Gracias – respondió él –. Tú también estás estupenda, por ti no pasan los años.

- Sigues siendo un pésimo mentiroso – dijo ella sonriendo – Pero a todo el mundo le gustan los piropos. Te lo agradezco.

- Sabes que no me cuesta nada decir la verdad.

- ¿Entonces por qué no la dices? No estoy tan guapa como antes.

- Para mí siempre serás una mujer preciosa.

- Suponía que con tu trabajo habrías tenido la oportunidad de conocer a un montón de tías guapas dispuestas a acostarse contigo. Pero si yo sigo pareciéndote guapa será que no han sido tantas.

- Da igual que las grupies hagan cola a la puerta de mi camerino para echar un polvo con cualquiera de nosotros, ni que un montón de fans intenten entrar en mi casa cada día. A mí me sigue gustando el mismo tipo de mujer. Y tú te acercas bastante a él.

- ¿Quieres dejar de decir tonterías y decirme por qué os vais a separar? No parece lo más sensato cuando no hacéis más que vender discos.

Marcos se quedó pensativo. Intentaba buscar las palabras que explicaran todo lo que significaba la separación de Valkiria. Por fin, dijo:

- Hace tiempo que necesito algo de estabilidad. Empiezo a estar un poco cansado de andar de aquí para allá continuamente. Necesito descansar y dedicarme a algo un poco más tranquilo. Pocos músicos pueden vivir toda su vida de esto con el ritmo que llevamos. Además, desde hace algunos meses que tengo algunos problemas con Chema, y tal vez lo mejor sería que nos diéramos un tiempo para pensar. No es fácil componer cuando te llevas mal con el letrista.

- Si se va del grupo no tiene por qué pasar nada. Las letras podría escribirlas Ray, o tú podrías volver a hacerlo.

- Sí, pero cuando empezamos hicimos un trato para proteger nuestra amistad: si algún músico dejaba el grupo, nos separaríamos, para evitar que hubiera malos rollos.

- ¿Sólo por eso vas a dejarlo definitivamente?

- Por eso y porque quiero dedicarme a mi carrera como arqueólogo. Aún soy joven y podría soportar unas cuantas campañas de excavación. Si espero unos años más, sería demasiado tarde. Aparte de eso, aún tengo bastante lucidez como para poder terminar mi tesis doctoral, y todavía no estoy demasiado apartado de la investigación como para no conocer los nuevos descubrimientos que se están haciendo.

Ella le miró fijamente. Parecía que hablaba en serio. Ciertamente continuaba siendo un tipo bastante sensato. Prefería dejar la vida aventurera del músico de Rock n’ Roll a cambio de una más centrada e incluso burguesa.

Había cambiado. Por un lado, era un hombre más seguro de sí mismo. Pero por otro lado, seguía sin olvidar que quería ser arqueólogo desde que, con diez años, había visto en el cine Indiana Jones y la Última Cruzada. Todavía perseguía un sueño, pero no el de ser músico, sino el de ser un respetado investigador.

Tal vez no era el tipo que ella creía.

- Me resulta difícil creer que dejes tu carrera como estrella de la música por una vida más tranquila. Antes te gustaba la aventura.

- No es que haya dejado de gustarme. Simplemente, necesito tiempo para pensar.

Ella se quedó pensando. Se fijó en que, a través de los cristales, dos jóvenes, un chico y una chica, miraban a Marcos; lo habían reconocido. Entonces, Lucía dijo:

- Siempre he querido saber cómo es tu vida como músico. Siempre he querido que me contaras tranquilamente cómo vives, qué haces... Se suele hablar de estrellas que destrozan hoteles, se tiran a sus fans, y arman escándalos. Pero Valkiria nunca habéis sido así.

Los chicos entraron en la cafetería, se acercaron a la mesa que ocupaban Marcos y Lucía. Tímidamente, la joven, rubia y de no más de veinte años, le pidió a Marcos un autógrafo. Marcos, a falta de nada mejor, cogió dos servilletas de papel y pidió a Lucía un bolígrafo con el que les firmó dos. La chica le quitó el bolígrafo de la mano, cogió otra servilleta y escribió algo en ella. Con una sonrisa pícara, colocó el pedazo de papel doblado y el bolígrafo en el bolsillo de la camisa de Marcos, que la miraba con una expresión entre divertida y sorprendida. Los dos jóvenes se fueron, pero al salir del local, la chica volvió su mirada hacia Marcos, no sin antes guiñarle uno de sus ojos azules.

Marcos sacó el bolígrafo de su bolsillo y se lo devolvió a Lucía. Sacó también la servilleta, la desdobló y leyó un mensaje de la chica que decía “Si me llamas, te dejaré que me hagas lo que quieras”, y después aparecía un número de teléfono móvil. Él sonrió y dijo:

- Te referías a cosas como éstas ¿verdad? – y le acercó a Lucía el papel. Ella lo leyó, frunció el ceño y dijo:

- A algo así... – devolvió la servilleta a Marcos.

Éste arrugó el papel y lo depositó discretamente en un cenicero, ante la mirada atónita de Lucía.

- ¿No vas a llamarla? Parecía muy interesada en ti y tenía un buen par de tetas. Seguro que te haría pasar un buen rato.

- No estaba interesada en mí. Estaba interesada en follarse a un tío famoso. Eso me ayuda a contestar a tu pregunta. Muchos músicos destrozan los hoteles. Pero nosotros no creemos que sea necesario hacer eso para demostrar lo duros que somos. En ocasiones sí nos acostamos con las chicas que van a los camerinos. Pero tampoco lo hacemos habitualmente. Lo de armar escándalos tampoco va con nosotros.

- ¿Entonces qué hacéis?

- Trabajar mucho, tocar, componer,... Salimos poco la noche anterior a los conciertos, porque la gente ha pagado por vernos y tenemos que hacer un buen espectáculo. Yo además tengo en mi contra que cantar exige mejor forma que tocar. Todo esto es muy exigente. Trabajamos más de lo que la gente se cree, porque además tampoco tenemos un equipo demasiado grande a nuestro alrededor. Hay grupos que llevan equipos de asistentes de veinte o treinta personas, pero nosotros sólo tenemos a un técnico de luces, otro de sonido, otro que nos afina los instrumentos y dos que montan el escenario. Nada más. Comparados con otros, somos unos pobretones. – sonrió.

Justo después de decir esto, el móvil de Marcos sonó en el bolsillo de su pantalón. Sacó un Siemens de color plateado y respondió. Lucía no pudo evitar fijarse en las palabras que decía, y que le daban a entender que ese reencuentro estaba a punto de finalizar.

Efectivamente, cuando colgó el teléfono, él dijo:

- Lo siento mucho, pero tengo que irme. Tengo que acercarme hasta el local de ensayo para comentar con el técnico de escenario algunas cosas sobre los efectos que usaremos en el concierto.

- Vaya, cuánto lo siento – respondió ella.

- Te prometo que te lo compensaré, te llamaré otro día para quedar.

Dicho esto, antes de coger sus cosas e irse, sacó su cartera de otro bolsillo de su pantalón. Extrajo de ella varias entradas y un billete. Dejó el dinero sobre la mesa (“yo invito”, dijo) y le entregó las entradas a ella.

- Ten varias, por si quieres ir con más gente – dijo. Luego sacó una tarjeta del bolsillo de su camisa y se la entregó también –. Con esto podrás entrar en el backstage cuando termine el concierto, si te apetece – se corrigió –. Bueno, en el camerino, que backstage suena muy pedante.

Ella se lo agradeció con una sonrisa.

Entonces Marcos se puso de pie, cogió su casco y le propuso llevarla a alguna parte. Ella rehusó. Todavía no se había terminado el té, y además le apetecía caminar hasta su casa después.

Él salió de la cafetería y se subió en su moto, ajeno a los ojos verdes de ella, clavados en su espalda. Arrancó el motor y se fue de allí, hasta que su figura se perdió al fondo de la calle.

Lucía tenía las entradas y el pase de bakstage en su mano derecha. Miró el diseño de las entradas, fijándose en las imágenes que estaban dibujadas. Se trataba de unas caricaturas de los cuatro músicos sobre un escenario, muy sonrientes. Eran unos dibujos un tanto naif, casi ingenuos. Se fijó en el precio de las entradas. Su viejo amigo le acababa de hacer un regalo muy caro.

Miró entonces el pase de backstage, el sueño de cualquier fan. La chica de hacía un rato habría dado lo que fuera por tenerlo. Ella misma hubiera deseado tener uno en algún concierto al que había ido unos diez o quince años antes. A estas alturas no sabía si le serviría de algo.

Terminó la infusión de un trago, metió todo lo que Marcos le había dado en su bolso y salió de la cafetería. Caminó lentamente hacia su casa. Tendría que andar una media hora, pero no le importaba. No sabía por qué, pero tampoco tenía prisa. Volver a ver a Marcos le había traído buenos y gratos recuerdos.

Caminaba pensando en muchas cosas. Por ejemplo en lo aburrida que resultaba su vida últimamente. El concierto podría cambiar eso. Quién sabe, tal vez fuera la luz que necesitaba en su vida en ese momento. Una luz tenue y que no duraría más de dos horas o dos y media, pero al menos haría algo distinto.

Llegó a su casa, y cuando entró miró el reloj. Era más tarde de lo que pensaba. La tarde se le había pasado en un santiamén. “Es lo bueno de ver a los amigos”, pensó.

Se preparó algo para cenar y justo después se acostó. La noche anterior había dormido muy poco y le convenía descansar. Uno de los defectos del trabajo es que exige esfuerzo, y el esfuerzo exige haber descansado antes.

Capítulo VI (parte I).

Capítulo IV: Nueva llamada

El día pasó lentamente para Lucía que, distraída y mecánicamente, hacía su trabajo y trataba de aguantar las ganas de dejar lo que estaba haciendo y llamar a Marcos a casa de sus padres, sin saber que él ya no vivía allí. Por fin, a las seis de la tarde, la jornada terminó y ella cogió el metro para volver a su apartamento, aquél que había comprado para vivir con Daniel y que ahora sólo ella ocupaba.

Buscó su vieja agenda de teléfonos porque no era capaz de recordar un número que hace unos pocos años hubiera sido capaz de marcar con los ojos vendados. Cuando la encontró y, al ver el número, recordó que era el teléfono de una casa que estaba en un barrio alejado del suyo, lo marcó y la voz de la simpática madre de Marcos respondió:

- ¿Dígame?

- Hola, buenas tardes – dijo Lucía tímidamente y sin darse cuenta de que se estaba ruborizando como una adolescente – . ¿Podría hablar con Marcos, por favor?

- Marcos ya no vive aquí, hace un año que se mudó a un dúplex en el centro. ¿Quién le llama?

- Soy una antigua compañera de instituto, Lucía. Marcos me llamó hace un rato y quisiera hablar con él. ¿Podría darme su número, por favor?

- Por supuesto.

La madre de Marcos sabía de sobra quién era ella. La había conocido bastantes años antes, cuando Marcos se había empeñado en llevarla a casa para tocarle unas canciones, aunque no había vuelto a verla y tenía dificultad para recordar su rostro. Con mucha amabilidad, le dio el teléfono de su hijo, y se despidieron cordialmente, como si realmente se conocieran de algo.

Lucía, cada vez más nerviosa aunque no sabía por qué, marcó el número de Marcos. Realmente no estaba segura de si prefería que él estuviera en casa o no. Tres tonos de llamada y alguien descolgó.

- ¿Diga? – contestó Marcos al otro lado de la línea.

- Hola Marcos, soy Lucía. ¿Cómo estás?

- Hola, Lucía. Estoy bien, ¿y tú?

- Bastante bien, gracias. Te llamaba para decirte que creo que al final tal vez vaya a veros.

- Me alegro. ¿Te parece bien que quedemos mañana y te doy tu entrada? Bueno, la tuya y las que quieras, porque supongo que irás acompañada. Por cierto, ¿cómo se llamaba el tío con el que estabas? ¿Daniel, verdad?

- Sí, pero ya no estamos juntos; rompí con él, ya te contaré. Lo más probable es que vaya a veros sola. Tráeme sólo una entrada.

- Vaya, lo lamento, pero bueno, supongo que si tomaste esa decisión será porque consideraste que era lo mejor. ¿Te parece bien que nos veamos mañana a las siete de la tarde en la cafetería a la que solíamos ir antes?

- Sí, desde luego. Mañana te veo – no sabía por qué estaba nerviosa y azorada y por qué no podía decir nada más –. Hasta mañana.

- Hasta mañana. – respondió él sin comprender del todo cómo era posible que dos viejos amigos mantuvieran una conversación tan fría y llena de tópicos. Pero decidió que no se comería la cabeza con eso, porque su experiencia le había enseñado que lo mejor a veces es no dejar que los pensamientos demasiado retorcidos tengan demasiado lugar en la mente. Colgó el teléfono y cogió una guitarra acústica, una Martin de doce cuerdas, para practicar y no dejar que sus dedos perdieran ni un ápice de la agilidad con la que compensaban el hecho de que eran demasiado cortos.

Ella estaba ahora muy nerviosa, tanto que tuvo que ir a la cocina y prepararse una tila. No comprendía lo que le pasaba. ¿Por qué su cabeza sólo pensaba en ver a un antiguo amigo al que hacía dos años que no veía y en el que no habría pensado en los últimos meses si no fuera porque Marcos y su grupo salían habitualmente en los periódicos cuando otro de sus conciertos volvía a ser noticia por su espectacularidad y por la cantidad de gente que había ido? No lo entendía, pero lo que quedó de la tarde, ella no pudo hacer ninguna de las tareas que tenía que terminar para el día siguiente. Para el bendito día siguiente, en el que iba a entender por qué sentía lo que en esos momentos sentía.

Decidió irse a la cama muy temprano y, con mucha dificultad, logró dormir sólo cuatro horas. ¿Tal vez sentía que si no daba un giro radical a su vida jamás vería todo aquello que su privilegiada inteligencia le hacía merecer? Ella misma no sabía a qué se debía su estado de nerviosismo, pero estuvo, hasta que el sueño la venció, pensando en ello. Mañana, pensaba, sabría las respuestas.

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Capítulo III: Lucía

Por su parte, Lucía había sido una brillante estudiante de Derecho, merecedora de varias becas y que había hecho algún curso en el extranjero. Su vida siempre había girado en torno a su carrera, de manera que tenía fama de fría y distante con los hombres.

En el tiempo en que Marcos había comenzado a tocar en Valkiria, ella se había dedicado a buscar un trabajo acorde con su premio especial de licenciatura, conseguido al terminar su brillante carrera. Después de plantearse la posibilidad de hacer unas oposiciones que le permitieran ser funcionaria para el resto de su vida, había conocido a un joven, llamado Daniel, sobrino del afamado abogado Fernando Bermúdez. Daniel estuvo bastante tiempo persiguiendo a Lucía, hasta que ella aceptó salir con él e iniciaron una relación que duraría hasta el momento en el que Lucía se dio cuenta de que Daniel no sólo estaba por debajo de lo que ella merecía, sino que estaba por debajo de lo merecía cualquier mujer. Para cuando llegó ese momento, Daniel había conseguido que su tío aceptara contratar a Lucía a modo de prueba, creyendo que cuando ella dijera que quería cortar con él, su querido tío cobraría la justa venganza y ella acabaría en la calle. Pero las enormes aptitudes de Lucía, los tres idiomas que hablaba y su encanto personal hicieron que no sólo Fernando Bermúdez no la echara, sino que la convirtiera en asociada y en pieza imprescindible de su equipo, de manera que Daniel se quedó con cara de imbécil y con bastante resentimiento hacia su tío y hacia Lucía.

Desde entonces ella había empezado a consolidar su imparable carrera como abogada especializada en temas familiares, así que no es de extrañar que su vida girara de manera casi exclusiva en torno a su trabajo, con alguna esporádica relación sin demasiada importancia que sólo le hacía preguntarse si realmente había algún hombre que cumpliera lo que ella esperaba.

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Capítulo II: Marcos

A lo largo de todo el día, Lucía estuvo recordando a Marcos, a ese chaval algo tímido que había conocido cuando, con catorce años, los dos empezaron al instituto. No sin cierta dificultad, ella consiguió recordar incluso la primera conversación que tuvieron, sobre motos, cuando Lucía se acercó a preguntarle a ese chico que llevaba una carpeta forrada con fotografías de motocicletas de la marca Harley Davidson si le gustaban tanto esas máquinas como parecía. Esa fue la primera de una interminable lista de conversaciones sobre los más diversos temas que tuvieron a lo largo de los cuatro años de instituto, tiempo en el que él pareció mostrar un interés por Lucía que iba más allá de la simple amistad. A ella siempre le resultó interesante este chico, que podía pasar de una conversación sobre grupos de heavy metal a otra sobre la literatura más culta sin aparente dificultad. Una de las cosas que distinguía a Marcos era que poseía una cultura que estaba algo por encima de la media, y ella supo verlo enseguida.

Cuando empezaron a la Universidad, ella en Derecho y él en Arqueología, se distanciaron un poco, pero pronto supieron cómo volver a verse de manera habitual, cuando el interés de Marcos ya sólo era el propio de un amigo. En esos años, él cambió radicalmente su apariencia: por un lado, dejó de usar la horrible raya que lucía en el lado izquierdo de su peinado, dejando que sus rizos flotaran libres sobre su cráneo. Por otro lado, se dejó unas patillas que recordaban vagamente a las de John Travolta en Grease. Por último, en el último año de carrera, Marcos había empezado a hacer ejercicio, de modo que el tipo menudo y de escasa fuerza física se había convertido en unos pocos meses en lo que se había dado en llamar un tío cachas. Ese cambio de imagen le había venido muy bien, según decían todas las chicas con las que se había cruzado a lo largo de esos años.

Fue en ese momento cuando él había empezado a tocar en un grupo con un compañero de clase y un par de amigos de éste. Marcos tocaba la guitarra desde los dieciséis años, y de hecho una vez había hecho un pequeño “concierto” acústico en su casa para que Lucía lo escuchara cantar, sólo con su guitarra española y muchas ganas. Por eso, entró en el grupo como guitarrista cuando su amigo José le invitó a participar. Marcos acababa de licenciarse en Arqueología, con buenas notas y bastante experiencia en excavaciones, y necesitaba hacer algo que le distrajera mientras preparaba su doctorado, de manera que cuando José se lo propuso, aceptó sin pensarlo. El grupo estaba formado por Marcos y Chema en las guitarras, Ray en el bajo y José en la batería. Cuando decidieron buscar un nombre, no tuvieron que discutir demasiado para llegar a la conclusión de que el nombre que mejor les iba era el de Valkiria. El mayor problema vino cuando decidieron buscar un cantante. Después de probar a varios y darse cuenta de que ninguno servía para el sonido que ellos buscaban, cuando estaban a punto de desistir y dejar que el grupo desapareciera antes de empezar, un día que estaban en el local de ensayo, cedido por el Ayuntamiento de su ciudad, Marcos empezó a tararear distraídamente una canción que había escrito mientras rasgueaba su guitarra acústica. Cuando levantó la vista y sus ojos se cruzaron con los de sus compañeros se dio cuenta de aquello que ellos habían visto desde que la primera sílaba había salido de la boca de Marcos: que su voz rota era la mejor para Valkiria.

Desde ese momento, Marcos había aceptado el reto no sólo de cantar, sino también de escribir la mayoría de las canciones, y esa fue su labor durante bastante tiempo, hasta que comprendió que su talento era mayor a la hora de componer música que a la hora de escribir letras. A partir de ese día, Marcos se limitó a poner la música a las letras que Chema y Ray escribían para que él las cantara.

Pero antes de ese día, Valkiria ya había editado un disco, llamado igual que el grupo, que había tenido una acogida bastante buena, y sus miembros estaban componiendo ya el material que formaría parte del segundo, cuyo título sería Noche de lobos. Aún no eran del todo conscientes del potencial que tenían, pero algo les decía que esa mezcla de heavy metal y rock ochentero acabaría calando en el público.

Marcos todavía no se dedicaba a la música en exclusiva, de modo que a menudo llegaba tarde a ensayar porque tenía que ir a alguna de las clases del doctorado o tenía que suspender alguna actuación porque tenía que salir a prospectar para conseguir datos para su tesina. Sin embargo, cuando tras la increíblemente buena acogida de Noche de lobos las fechas de conciertos comenzaron a multiplicarse y la situación requería que se dedicaran por entero a Valkiria, Marcos tuvo que dejar de lado su prometedora carrera como arqueólogo, y dedicarse sólo al grupo, pese a que había publicado ya tres o cuatro interesantes artículos en otras tantas revistas especializadas, recibiendo críticas elogiosas por parte incluso de historiadores que jamás reconocerían la valía de la Arqueología como fuente. Marcos tenía entonces veintiséis años.

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Capítulo I: La llamada

La primera imagen que llegó a la mente de Lucía se remontaba a la semana anterior. Ella, una joven de casi treinta años, triunfadora en el trabajo pero no tanto en el amor, salía de su casa hacia el despacho de abogados en el que trabajaba desde hacía cinco años, Bermúdez y Asociados, gracias a la intermediación de cierta persona a la que ya no quería recordar, cuando el teléfono de su apartamento sonó insistentemente. No pudo llegar a tiempo para cogerlo antes de que el irritante contestador automático cumpliera con su función, de manera que no necesitó descolgar el auricular para escuchar el mensaje que una voz masculina, joven y cálida le dejaba en la máquina, con evidentes signos de fastidio.

- Soy Marcos, tu viejo compañero de instituto – dijo la voz –. ¿Cómo te va? Hacía tiempo que quería hablar contigo, y ahora he encontrado la mejor ocasión – Lucía no necesitó hacer el más mínimo esfuerzo para recordar el rostro de este hombre, al que conocía desde que ambos empezaron al instituto, con el que había mantenido una hermosa amistad, pero al que hacía ya un par de años que no veía; la voz prosiguió –. Como supongo que sabes, mi grupo está a punto de dar un concierto en el Palacio de los Deportes, que será nuestra despedida de los escenarios, y me gustaría que vinieras a vernos, porque no recuerdo que hayas venido a ninguna de nuestras actuaciones. Espero verte allí. Un beso. – dicho esto, el mensaje terminó.

Marcos se equivocaba. Ella los había visto en varias ocasiones, desde que hacía siete años él había iniciado su carrera como músico y cantante de rock duro. La primera había sido cuando habían actuado como teloneros de un grupo que a Marcos le encantaba, pero cuyo nombre Lucía no fue capaz de recordar. Él había aparecido en el escenario con una vieja camiseta negra en la que se veía la portada de un disco de Iron Maiden (o tal vez era de Metallica, Lucía no lo recordaba bien) y con su Fender Stratocaster color granate más reluciente que nunca para tocar, acompañado de sus tres amigos, sólo ocho canciones, de las cuales él había compuesto íntegramente cinco y había ayudado a componer las tres restantes.

La segunda vez que los vio había sido tres años más tarde, cuando ya la popularidad del grupo era mucha, en la fiesta del Partido Comunista en Madrid. Entonces ya tocaban como cabezas de cartel, y Marcos, dando a entender claramente que sus convicciones políticas no se alejaban lo más mínimo de las del partido que les había invitado, había salido a tocar con una camiseta roja en la que lucía una hoz y un martillo y con una bandera republicana colgando de una de las clavijas de su guitarra. Aquel concierto significó la consagración definitiva de la banda, no sólo entre el público rockero, sino también entre una masa de gente mucho más heterogénea.

Lucía todavía había tenido un par de oportunidades más de ver a Marcos y su grupo en conciertos cada vez más multitudinarios, pero esa etapa también coincidió con el momento en que habían empezado a distanciarse, debido a que las carreras de ambos les obligaban a hacer cada vez más sacrificios personales.

En esos años, la popularidad del grupo fue creciendo de manera incesante, tocando en varios festivales europeos y vendiendo una enorme cantidad de cada uno de sus cuatro discos; tan elevada era esa cantidad que Lucía suponía que si se retiraban tan pronto era porque ya tenían dinero suficiente como para vivir sin trabajar el resto de sus vidas. Ahora, después de tanto tiempo, él quería que ella estuviera en su último concierto, en el que debía ser su canto de cisne, y ella no sabía que hacer.

De hecho, mientras salía de casa, Lucía pensaba que, tal vez, lo más sensato sería llamarlo para decirle que, sintiéndolo mucho, ella no iba a poder ir al concierto, porque, aunque se iba a celebrar en viernes, al día siguiente ella debía terminar unos encargos que su jefe, Fernando Bermúdez, reputado abogado y, según decían las malas lenguas, bebedor en sus ratos libres, le había encomendado sin falta para el lunes siguiente. Decidida a hacer esa llamada por la noche y esperando que él no hubiera cambiado su número de teléfono en los dos últimos años y que sus costumbres no fueran las que se decía que tenían las estrellas del rock, ya que de lo contrario no sería tan fácil localizarlo de noche, Lucía llegó al bufete, dispuesta a cumplir con un trabajo que, en estos momentos, colmaba totalmente su vida, después de romper su relación con el hombre que le había presentado a Bermúdez, hombre que no sabía que ella conservaría su empleo después de que esa relación acabara gracias a su formidable preparación, su talento y sus ganas de triunfar. Pero sin darse cuenta, ese día no pudo evitar pensar de manera casi continua en el hombre que había dejado ese mensaje en su contestador, de manera que, a las doce de la mañana, ya sólo quería que la jornada terminara para poder devolverle la llamada, sin estar muy segura de qué era lo que al final iba a decirle.

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domingo, 29 de junio de 2008

Introducción


Para la verdadera Lucía de esta historia

Se miraron a los ojos y, en ese mismo instante, se dieron cuenta de que toda la vida habían esperado ese momento. Ella, cubriendo su desnudez sólo con la camiseta que él le había dejado y que le quedaba grande y con un pequeño tanga de color azul, miraba a los ojos cansados del hombre que tenía delante, sabiendo que se conocían no desde el momento, quince años atrás, en que habían empezado una conversación insulsa propia de compañeros de clase, sino desde el mismo momento en que nacieron.

Entonces, atropelladamente, por la mente de ella pasaron como fugaces destellos todos los hechos que los habían llevado hasta ese momento, hasta el instante en el que se iba a cumplir lo que ambos deseaban pero nunca se habían atrevido a reconocer.

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Presentación

Hola, queridos lectores.
Desde hoy, voy a empezar a publicar por entregas y en este nuevo blog un relato que escribí hace un tiempo (lo empecé a finales de 2004, lo abandoné poco después y decidí terminarlo en 2007), pero que, como es más largo de lo habitual, no di a conocer más que a algunas personas determinadas. No creo que sea lo mejor que he escrito, pero por lo menos, gustó a todas las personas que lo leyeron.
Pues eso, que a partir de la próxima semana, se inicia la serie que titularemos "Sombra y luz".
Espero que os guste.
Por supuesto, espero comentarios, críticas y demás.

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